Nos mandaron a la cocina y desde ahí sostenemos al país
- 9 abr
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Más de una vez en la vida alguien me ha dicho a mí o a otra mujer presente la frase “vete a la cocina”. A veces en tono agresivo, a veces condescendiente, alguna que otra en sarcasmo y otras veces pretendiendo que es un chiste.
Lo dicen tratando de generar un insulto, como si pensaran que la cocina es un castigo, que venir de ahí es deshonroso o poco digno, como si la cocina fuera una cárcel, cuándo de hecho es todo lo contrario.
A lo largo de la historia, miles de millones de mujeres encontraron en la cocina un espacio para crear lazos unas con otras, un pretexto para compartir saberes, un espacio de creación y reflexión, un refugio y a veces una salida de entornos violentos o el escape a la ruina financiera. Y por si lo anterior fuera poco, con su actividad diaria construyeron la identidad culinaria de la humanidad.
Ejemplos hay miles, desde las mujeres del mundo antiguo que compartieron entre sí los secretos para trabajar el maíz y transformarlo, las que descubrieron la cebada y la manera de convertirla en cerveza, las que descubrieron la combinación de hierbas necesarias para aliviar dolores.
Hay otros ejemplos de mujeres que en la cocina encontraron inspiración y momentos de creación, sin que eso significara, ni por un momento que sus mentes eran huecas o que estuvieran desposeídas de reflexiones. Juana Inés de Asbaje, ya en los hábitos de monja recopiló recetas de sus hermanas y ella misma, creadas en el convento de San Jerónimo, eso sin descuidar sus estudios y escritura. Es famosa la frase que le respondió a sor Filotea: “Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito”.
Pero cuando la labor tan necesaria y a veces invisible de preparar alimentos comenzó a cobrar relevancia ya sea social, o económica, las posiciones de poder les fueron negadas a muchas mujeres. Incluso hoy, después de los movimientos que reivindican los derechos de las mujeres, el renombre y la fama en el mundo gastronómico profesionalizado aún lo detentan algunos hombres. Es una batalla que se pelea todos los días, aunque cada vez hay más mujeres victoriosas, con reconocimientos, posiciones ejecutivas y liderazgos.
Sin embargo, de la cocina familiar, esa que parece no tener autores, pero que es el verdadero origen de la identidad culinaria, siguen siendo las mujeres, las principales creadoras y definitivamente quienes más tiempo le dedican, más del 60% según el INEGI, esto especialmente en el ámbito urbano.
De acuerdo con datos del 2025, de cada 100 horas trabajadas por las mujeres 62 se dedicaron a alguna labor relacionada con el cuidado o el mantenimiento del hogar. Y esas actividades a veces invisibilizadas y casi nunca remuneradas, son lo que permiten que el mundo de lo económico siga su curso, que vaya gente a trabajar, que vayan los hijos a la escuela.
Estas actividades que incluyen limpieza, cuidados, preparación de alimentos, son en 72% de los casos realizadas por mujeres y tienen un enorme impacto en la economía.
El INEGI realiza de manera anual la Cuenta Satélite del Trabajo No Remunerado, con base en ejercicios internacionales como el de la Comisión Económica de Naciones Unidas para Europa. Comienza haciendo un conteo de las horas destinadas por hombre y mujeres a las distintas actividades del propio hogar. Luego a esas horas se les asigna un valor económico basado en la remuneración actual de dicha actividad, por ejemplo cuánto se paga a un enfermero por el cuidado de un adulto mayor, cuánto cobra un plomero por hora, cuánto cobra una persona dedicada al aseo, o cuánto se le paga a una trabajadora del hogar. Con esa cifra se realiza un estimado de la aportación económica de dichas actividades.
Valen nada más y nada menos que 8 billones de pesos. Si, un ocho acompañado de doce ceros. Ocho millones de millones de pesos. Es según el INEGI, el equivalente al 23% del PIB nacional, o sea, poco más de lo que producen la minería, el turismo y la construcción juntas. Y solo la actividad de preparar alimentos en el hogar, si se pagara, sería equivalente al 17% del PIB.
Hay mujeres que identificaron el valor de ese conocimiento y trabajo, al punto en que han logrado que sea remunerado. Con puestos callejeros de antojitos, con fondas, restaurantes o cafeterías, miles de mujeres han logrado sostenerse a sí mismas y a sus familias. Yo vengo de una familia en la que ese fue el caso.
Mi abuela, con cinco hijas y un esposo debilitado por la diabetes encontró en la cocina el medio para sacar a todas adelante. Ella lo aprendió de su madre, que con un esposo violento y abandonador se vio en la necesidad de cocinar para otros.
La madre de mi abuela, la madre de mi madre y mi madre. Mi bisabuela no fue a la escuela, mi abuela solo terminó la primaria, mi madre llegó a la escuela Normal, ejerció su profesión, y cuando la precarización la alcanzó y el sueldo de dos no era suficiente para mantener una casa con tres hijas, no lo dudó y cambió de rubro a la comida. Y así, mis hermanas y yo llegamos a la universidad.
Estoy segura que no es el mío el único caso en el que cuando parecía que ya no había otra salida, apareció la cocina. Lo sé porque hay datos: en el país hasta 2025 se contabilizaron 5.4 millones de unidades económicas dedicadas a la preparación de alimentos y bebidas, es decir restaurantes, fondas, locales de antojitos, cafeterías, bares, locales de mariscos… y en estos negocios trabajan 12 millones de mujeres.

Algunas de ellas son las dueñas de estos negocios. De hecho, 3.3 millones de mujeres son propietarias de al menos uno de los 5.4 millones de negocios de comida registrados en el INEGI durante el último censo.
Su presencia como propietarias destaca en preparación de antojitos, tacos y tortas, comida para llevar, y restaurantes de pescados y mariscos, que son algunos de los alimentos que generan identidad culinaria.
Posiblemente cada quien tendrá su local de quesadillas y gorditas favorito, el puesto de tacos que recomienda, los mariscos a los que va a celebrar ocasiones especiales, la fondita para los oficinistas, o la casa que vende comida para llevar y que salva de los enlatados y autoservicios a quienes no pueden o no saben preparar. Al menos en uno de esos, la dueña es una mujer y en todos hay al menos una mujer que obtiene de ahí el sustento.
Nos contaron el cuento de que la cocina diaria es una actividad sin importancia. Nos trataron de convencer de que es tan simple y tan fácil que cualquiera puede hacerla y por eso no tiene valor. Nos dijeron que es básico para no decirle esencial, le llamaron cotidiano para tratar de negar su carácter único y especial. Redujeron su importancia para no admitir que es el sostén de todos, porque sin comer, ¿quién puede accionar?
Así que, si la cocina es ciencia y es arte, técnica, conocimiento y creatividad, sí, allá quiero estar.



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